¡Toma una decisión!

Deja de postergar y de postergar-te.

 

No hay dudas de que el proceso de toma de decisiones es un elemento clave en nuestras vidas. Sin embargo, no todas nuestras elecciones son planificadas. Mientras que algunas surgen de forma espontánea casi inconsciente, otras suponen una gran incertidumbre, precisamente aquellas cuya consecuencia tendrá una repercusión directa en nuestro presente, en nuestro futuro y en nuestra vida en general. ¿A qué me refiero? No es lo mismo tomar la decisión de cambiar de trabajo, tener un hijo, mudarnos, divorciarnos o casarnos, que decidir qué cenar, qué teléfono comprar o qué película ver.

Está claro que no todas tienen la misma importancia y, mucho menos, el mismo impacto. La mayoría de ellas podemos tomarlas sin reparar apenas en sus posibles consecuencias adversas, porque son más de lo mismo o porque no requieren de un análisis pormenorizado de todos los aspectos. Por ejemplo, y siguiendo un poco los ejemplos que habíamos empleado antes, ponernos un pantalón negro o azul no tendrá un gran impacto en nuestro entorno ni en nuestra forma de ser en la vida; aunque la decisión de tener un hijo, evidentemente, es una decisión delicada que involucra muchos aspectos de la vida y de la de otros y que vale la pena sopesar.

El famoso y recordado Theodore Roosevelt decía -sabiamente- “En cualquier momento de decisión lo mejor que puedes hacer es lo correcto, lo siguiente que puedes hacer es lo incorrecto y lo peor que puedes hacer es nada”. Efectivamente, con cada decisión que tomamos o no -porque “no decidir” también significa tomar una decisión-, la vida toma una dirección que a veces coincide con lo que queremos, otras veces se acerca y otras tantas está en las antípodas de todo aquello.

“Hacer lo correcto” es la primera clave en las palabras de Roosevelt, pero…

¿Por qué tantas veces nos equivocamos, postergamos indefinidamente o nos llenamos de excusas -realistas y no tanto- para no decidir?

 

Veamos. Existen a disposición una cantidad enorme de herramientas y técnicas de alta efectividad que nos permiten minimizar el margen de error de nuestras decisiones; sin embargo, la mayoría de las veces, responden a un aspecto en particular. Quiero decir, una decisión financiera podría ser sometida a un exhaustivo análisis de costes para determinar su rentabilidad, pero no revelará nada de la “cuestión humana” detrás de la inversión (por ejemplo que esos fondos son dinero ahorrado para las vacaciones de la familia ¿qué pasa si lo perdemos?).

Llegados a este punto, me animo a concluir en que las decisiones difíciles deben abarcar una serie de cuestiones que a veces no contemplamos o ni siquiera imaginamos que podrían verse afectadas por nuestra decisión. Es a partir de esta cuestión de “sentar bases” que he diseñado este programa ¡toma una decisión! combinando una serie de técnicas de probada efectividad y de distinta índole, que nos permite poner sobre un lienzo todos los aspectos involucrados en nuestra decisión. Y la pregunta obligada es: ¿demoraremos muchos días, muchas horas? Pues no.

Sólo necesitaremos dos horas de nuestras vidas para tomar una decisión con un nivel de certeza y de fiabilidad sorprendente.

 

Hay un comienzo curioso que me permito adelantar sin revelar demasiado sobre la metodología. Muchos pensarán que la primera pregunta -obligada- dentro de este proceso estará relacionada con la situación a decidir y sus diferentes particularidades. Pues la respuesta es: sí y no. Hay aspectos en nuestras vidas que son claves siempre, independientemente de la decisión a tomar, y aunque no son aspectos que funcionan como denominador común para todas las personas, cada una tendrá los suyos propios e inapelables. ¿He revelado algo? No creo, o si un poco (indecisión “on”), pero si algún lector lo ha deducido, bien por él/ella.

Ahora bien, haber mencionado la particularidad anterior, me habilita a hacer mención de algunas otras variables que involucra esta metodología. Recordemos que se trata de un proceso para abordar decisiones binarias (lo hago-no lo hago/si-no). En relación a esto, sólo recomiendo tomar la decisión cuando todos los filtros a lo largo del proceso son positivos o neutrales; caso contrario, recomendaría no tomar la decisión -no hacer-. Puede que parezca un poco decepcionante terminar el proceso en un “no”. Pero claro, como todo en este proceso, tiene un sustento sólido.

Es entonces que, una vez hecha la radiografía del caso, si ha salido “no”, sabes perfectamente el por qué de ese resultado. Habrás logrado verlo claro y, tal vez, era un aspecto que antes ni siquiera habías contemplado. Ahora que sabes por qué, siempre que quieras, podrás trabajar para positivizar/resolver ese aspecto y replantear la decisión o considerar una decisión distinta y nueva.

Ahora llega el turno de la intuición. Lo cierto, es que aunque la intuición esté en boca de todos, poco se nos ocurre a la hora de describir lo que es. Según la RAE, la intuición es “Es una percepción clara e inmediata de una idea o situación, sin necesidad de razonamiento lógico”. Algo así como un destello de certeza que surge por una “corazonada” y que, aunque no es infalible, seguramente ha sido una gran aliada en muchos momentos importantes de nuestra vida. La intuición es el “broche de oro” de esta metodología.

Luego de todo lo dicho, la invitación a tomar esa decisión que hace tiempo estás postergando ya está hecha y puedes afrontarla de forma cierta en dos horas de tu vida.

 

Y recuerda, si tienes decisiones importantes que tomar, toma aquellas que te hagan feliz y no las que te hagan estar cómodo¡Toma una decisión!